Corría el año 94 y la gente salía entre asqueada y aterrada de los cines después de ver Natural Born Killers (traducida al español como "Asesinos por naturaleza") de Oliver Stone: la crudeza de la violencia, el ritmo desenfrenado de un crimen tras otro perpetrados por los protagonistas, los hechos que se precipitaban a medida que se desarrollaba la historia en un crescendo expansivo nos dejaban en shock; pero también (como si fuera poco), la constante irrupción de los demonios que acechaban los inconscientes de sus personajes, la transfiguración de individuos marcados tanto por los abusos recibidos como por el bombardeo incesante de fenómenos televisivos en asesinos, todo sellado por un epílogo salpicado de los hechos noticiosos más importantes para el amarillismo de la época y en últimas, el triunfo de la perversidad encarnada por la pareja de asesinos Mickey y Mallory Knox, dejaban impactada pero envalentonada a una audiencia acostumbrada a los finales aleccionadores donde...