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¿Nacidos para matar?

 Corría el año 94 y la gente salía entre asqueada y aterrada de los cines después de ver Natural Born Killers (traducida al español como "Asesinos por naturaleza") de Oliver Stone: la crudeza de la violencia, el ritmo desenfrenado de un crimen tras otro perpetrados por los protagonistas, los hechos que se precipitaban a medida que se desarrollaba la historia en un crescendo expansivo nos dejaban en shock; pero también (como si fuera poco), la constante irrupción de los demonios que acechaban los inconscientes de sus personajes, la transfiguración de individuos marcados tanto por los abusos recibidos como por el bombardeo incesante de fenómenos televisivos en asesinos, todo sellado por un epílogo salpicado de los hechos noticiosos más importantes para el amarillismo de la época y en últimas, el triunfo de la perversidad encarnada por la pareja de asesinos Mickey y Mallory Knox, dejaban impactada pero envalentonada a una audiencia acostumbrada a los finales aleccionadores donde no importaba quiénes fueran los protagonistas, el bien siempre triunfaba sobre el mal. 

Aunque esta sátira criminal cargada de humor negro no otorgue concesiones al mostrar la extrema e irracional crueldad, especialmente de Mickey, quien no duda, por ejemplo, en arrebatarle la vida al chamán que los acoge en su rancho, excepto tal vez una pequeña evidencia de humanidad al perdonarle la vida al hermano de ella (aunque en el caso real en que se inspiró la historia tanto los padres como la hermanita de dos años fueron asesinados); podemos atisbar, si no una justificación, al menos una explicación a su comportamiento -o por qué no, un intento de generar empatía en la audiencia-: queda claro que estos sujetos son el producto de sus traumas, de los múltiples maltratos de sus padres y de la influencia de la televisión en sus vidas. Una pantalla chica que había sido una presencia cada vez más constante en el diario vivir de la sociedad desde su invención, pero en los noventa campeaba como el miembro más importante de las familias; una en la que cada vez más los contenidos mostraban sin filtros los crímenes más infames, los espectáculos más degradantes, los productos "basura" destinados a ganar audiencia a costa del decoro y la sensatez; pero que en tiempos de internet parece haberse tornado -con algunas excepciones, como los realities y los noticieros- en ingenua y hasta recatada.

¿Qué podemos decir 30 años después de la irrupción de "la red" con tanto contenido que bajo la etiqueta de una supuesta "libertad de expresión" llega a todos los rincones del mundo y a todo tipo de personas sin distingo de edad, sin la debida preparación ni las herramientas educativas para enfrentar la avalancha de desinformación, el amplio catálogo de conspiraciones, aberraciones sexuales, venta de cuerpos y productos engañosos o dañinos para la salud, junto a una multitud de gurús, prácticas e ideologías retrógradas y peligrosas, incluso con incitaciones directas al crimen?

El arte siempre ha dado cuenta de los productos de su tiempo y es un retrato no solo de lo sublime sino de lo más abyecto -incluyendo toda la gama de matices que puedan estar en el medio- aunque dicho testimonio ahora, en tiempos de la IA, amenace con convertirse en una visión edulcorada y plana si se insiste en patrocinar las "obras" de estos robots que reemplazan la creación humana, que, con todas sus particularidades, su genialidad e incluso sus carencias y defectos, nos ha salvado hasta ahora de la completa estulticia.



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