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Llámame por tu nombre

 En esta bella película que retrata la fugaz historia de amor entre dos hombres, Oliver le propone al joven Elio al momento de amarse llamarlo por su nombre, nombrándolo él a su vez con el suyo. De este modo, a la hora del amor los amantes corean apasionadamente el propio nombre para dirigirse al otro, y es así como una vez separados, Elio, al recibir la llamada de Oliver en la que le anuncia su próximo casamiento, musita -primero con suavidad y luego con una tristeza que se transforma en gozo de saber que pudieron tener un tiempo para amarse-: ‘¿Elio? ¡Elio, Elio, Elio!' a lo que el futuro esposo responde con infinita ternura: ‘me acuerdo de todo'.


Porque nuestro nombre no es más que la marca del amor en nosotros ¿o de qué otra manera explicamos que se nos bautice con el de un ser querido, de alguien admirado como la estrella del deporte favorito, el músico o actor del momento o alguno de los grandes protagonistas de la historia, todos exitosos, importantes, honorables?

Cada uno tiene algo que decir y la mayoría llega a identificarse con su nombre, incluso a amarlo (porque en él nos reconocemos y nos hace únicos, aunque miles lo porten); pero hay también quienes lo odian al punto de cambiarlo, ya sea porque representa un peso con el que no quieren cargar (el de un muerto o alguien a quien se desprecia), una marca hereditaria o identitaria de la que se han apartado (como en el caso de las personas trans) .

Así como el nombre común, el sustantivo, que permite referirse a la cosa sin que ella esté presente porque la evoca, como reza el poema El golem de Borges: 

Si (como afirma el griego en el Cratilo)

el nombre es arquetipo de la cosa

en las letras de 'rosa' está la rosa

y todo el Nilo en la palabra 'Nilo'.

El nombre propio nos crea desde antes de nacer y da forma a esa criatura que es llamada a la vida por la madre o la abuela que se lo otorgan como un presente de amor; es uno de nuestros pocos bienes inalienables, nuestra más valiosa posesión, como demuestra en Las brujas de Salem de Arthur Miller el grito de John Proctor a sus verdugos, quienes para salvar su vida exigen que firme un documento en el que se autoincrimina, a lo cual se rehúsa enardecido: 

             «Porque es mi nombre! ¡Porque no puedo tener otro en vida![...] 

¿Cómo puedo vivir sin mi nombre? 

¡Les he dado mi alma! ¡Déjenme mi nombre!»

No se trata de leer un manual sobre el significado de nuestro nombre -la palabra en sí-, sino lo que este revela acerca de las intenciones de quien lo escogió para nosotros; no tiene nada que ver, por ejemplo, que alguna vez haya leído que mi nombre venía de mono, es decir, uno y por tanto era una persona única (como si no lo fuéramos todos gracias a un ADN irrepetible) pero también solitaria, lo cual, valga aclarar, depende de muchos otros factores que sería muy dispendioso analizar en este texto.

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