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¿Distopía?

 En la película Children of men (2006) ambientada en 2027, una "peste de infertilidad" ha hecho cundir la desesperanza en todos los habitantes del planeta -especialmente después de que la persona más joven del mundo fuera asesinada por un fanático enardecido a quien le negó un autógrafo-, pues eso significa estar próximos a la extinción como especie. 

Paralelo a la incapacidad de los seres humanos para reproducirse hay otro fenómeno que se destaca en el filme: la cacería de que son objeto los inmigrantes ilegales conocidos como fugees (apócope despectivo de refugee, refugiado en inglés), a quienes se encierra como animales en jaulas y son enviados a campos de concentración de los que nunca salen. 

Paradójicamente, la redención de la humanidad parece venir precisamente de una ilegalla  única mujer embarazada en el planeta, quien debe ser protegida por el solitario héroe de la cinta pues resulta ser un suculento trofeo tanto para el statu quo como para la llamada “resistencia", cuyos métodos no parecen ser muy distintos de aquellos a quienes combaten.


La cinta, dirigida por Alfonso Cuarón y basada en el libro homónimo de P. D. James, resulta premonitoria en pleno 2025: no solo parecemos estar experimentando la misma enfermedad, pues las tasas de natalidad alcanzan sus niveles más bajos y no porque biológicamente estemos impedidos para reproducirnos; las indignas condiciones laborales, la inestabilidad social y política y la otra pandemia, la de la precariedad en la salud mental, junto al retroceso de los derechos de sectores históricamente marginados, han hecho mella en las nuevas generaciones, quienes cada vez más se abstienen de procrear y prefieren construir hogares childfree o se muestran más interesados en la tenencia de mascotas (a quienes se les suelen otorgar los cuidados que un vástago ameritaría).

De este modo, a las ya problemáticas consecuencias del descenso en los nacimientos, como son la escasez de la fuerza productiva, el riesgo de no tener los aportes que requiere los esquemas de salud y pensiones para sostener a las personas que envejecen, está el aspecto simbólico del necesario relevo generacional, con su consecuente inyección de aires nuevos y (aunque no siempre sea el caso) para ir a la vanguardia de la sociedad. Tal como lo apunta Mark Fisher en su libro Realismo capitalista ¿No hay alternativa?:

"¿Pero qué pasa con la catástrofe en sí misma? Es evidente que debemos leer metafóricamente el tema de la infertilidad, como el desplazamiento de una angustia de otro tipo. Me propongo afirmar que esta angustia en realidad debe ser leída en términos culturales y que la pregunta que el film nos hace es: ¿cuánto tiempo puede subsistir cultura sin el aporte de lo nuevo? ¿Que ocurre cuando los jóvenes ya no son capaces de producir sorpresas?" (p. 23-24) 

Así que, no es solo lo lúgubre de un mundo en el que no se oyen las risas y los parques están vacíos de niñas y niños; es la imposibilidad de que lo que la humanidad ha producido en busca de expresión o sentido a lo largo de su historia, como es el caso del arte, sea visto con ojos nuevos para ser reinterpretado y por qué no, cuestionado, en vez de convertirse en mero objeto expuesto a la vista de solo unos cuantos:

 "Es ejemplar el destino del Guernica de Picasso en el film: alguna vez fue un aullido lleno de angustia frente a las atrocidades y los ultrajes del fascismo; ahora no es más que una cosa colgada en la pared. Como la estación de Battersea en la que se encuentra instalada, la pintura tiene un reconocido estatus icónico solo porque le fue extirpada toda posible función o contexto. Un objeto cultural pierde su poder una vez que no hay ojos nuevos que puedan mirarlo" (p. 24-25).

A todo esto se suma (como suele pasar con las distopías), que lo que pudo haberse considerado exagerado en la película, dejó de serlo en un momento en el que la ultraderecha parece estar en auge en todo el mundo, con sus discursos xenófobos encontrando un eco mayor en generaciones jóvenes -quienes no vivieron dictaduras como la de Franco o el holocausto nazi-; en tanto que los megarricos del mundo, casi todos blancos, insisten en promover el aumento de la natalidad en sus iguales buscando echar atrás lo alcanzado por las mujeres en sus luchas por los derechos reproductivos, tal vez por miedo a ser superados en número por grupos étnicos considerados inferiores -a la vieja usanza de lo que predican las teorías sobre una supuesta pureza racial-, y de este modo perder sus históricos privilegios .

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