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La locura de las mujeres III

 ¿Por qué la locura ha sido, desde el principio de los tiempos, una cualidad casi exclusiva de lo femenino?

Ha habido muchos locos en la historia, es cierto, pero las mujeres han recibido esa sentencia con mucha más frecuencia cada vez que se rebelaron, cada vez que alzaron la voz, cada vez que desafiaron el orden establecido. Podemos imaginarnos a una mujer que en el siglo XVII quisiera escribir -tal como lo cuenta Virginia Woolf en Una habitación propia: El mundo no le decía a ella como les decía a ellos: «Escribe si quieres; a mí no me importa nada.» El mundo le decía con una risotada: «¿Escribir? ¿Para qué quieres tú escribir?»-, siendo catalogada así no solo por su familia, sino por la sociedad entera de su época ante semejante despropósito, que por supuesto tendría agravantes si dicha vocación excluyera el matrimonio y la maternidad, para los que estaría, ‘por naturaleza', destinada. 

Lo mismo podría aplicarse a otras profesiones, como agrega la autora: Nick Greene, dijo que una mujer que actuaba le hacía pensar en un perro que bailaba. Johnson repitió esta frase doscientos años más tarde refiriéndose a las mujeres que predicaban. Y aquí tenemos, dije, abriendo un libro sobre música, las mismísimas palabras usadas de nuevo en este año de gracia de 1928, aplicadas a las mujeres que tratan de escribir música.

Continuando con la exploración de algunos de los tantos retratos de la locura femenina en el cine podemos ver cómo la visión masculina impera (es comprensible, si hasta hace muy pocas décadas las mujeres lograron convertirse en directoras), tornándose incluso benevolente y hasta empática con ellas. 

Gaslight (1944) de George Cukor, muestra a un hombre que acusa a su esposa de estar volviéndose loca a partir de una elaborada estratagema que incluye señalarle aparentes olvidos, ruidos que solo ella parece escuchar, una luz que varía en su intensidad, todo dentro un matrimonio buscado por interés con el fin de acceder a un supuesto tesoro del que ella sería heredera. Al final, un investigador enamorado de la "damisela en apuros" descubre la verdad y la salva de su horrible suerte. 

Por cierto, el término gaslighting se acuñó para referirse a un sinfín de situaciones en que se las tacha de locas, como una manera de invalidar la expresión de sus sentimientos, quejas y desacuerdos. También se han usando con ellas eufemismos como "diferentes" o "excéntricas" y términos mucho más fuertes, parafraseando nuevamente  a Woolf, como inferiores mental, moral y físicamente a los hombres.


 En Thelma y Louise (1991) de Ridley Scott, dos mujeres deciden dejar a un lado -por un par de días- sus vidas infelices y a sus respectivas parejas (el primero un macho ególatra y vanidoso, el segundo un compañero física y emocionalmente ausente). Cuando Thelma sufre un intento de violación y su amiga dispara contra el agresor matándolo -en vez de dejarlo ir o causarle solo una herida superficial-, es el historial de abuso de Louise el que tira del gatillo. Vemos también cómo toda la fuerza del aparato represivo del Estado, en forma de hombre armados y helicópteros, persigue a quienes solo intentaban divertirse y terminan tratando de escapar de una realidad que se les impone, mientras sueñan con un lugar lejano en el cual iniciar una nueva vida. Solo un hombre (el detective) siente compasión por sus historias y el suyo es un recorrido en el que se enfrentan con lo peor de la especia humana, o mejor masculina: el que las abusa, el que engaña, el que las acosa y quienes les apuntan con sus armas, al punto de que la única salida que les queda es lanzarse al abismo.


En Persona (1966) de Bergman, una enfermera que cuida de una mujer que ha 'enloquecido' perdiendo el habla y permaneciendo en estado casi catatónico, termina fundiéndose con su paciente en una amalgama onírica en la que las heridas del cuerpo y el alma se comparten y se alimentan, el repudio y la admiración crecen y decrecen como las olas que van y vienen, el deseo y el dolor son el mismo y a la vez distinto; el amor, el erotismo y la maternidad unen a Alma y a Elisabeth, las enfrentan, como dos polos que se atraen y se repelen, y ambas se ven a sí mismas en el espejo de la otra: en su parecido físico, en lo que quieren gritar y callar y en el horror de lo que en sus vidas ha sido un desacierto tras otro, una sucesión de promesas incumplidas a sí mismas y a un entorno que les ha demandado ser siempre algo distinto de lo que son.

Desafortunadamente en el cine como en las demás expresiones artísticas seguimos siendo retratadas por el otro sexo, algunas veces magistralmente, como es el caso en estas tres grandes obras, pero ya va siendo tiempo de empezar a hablar con voz propia de nuestra "locura", ¿no lo creen?

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