Las llamadas 'plataformas' están lleno de todo tipo de contenido, algunas tienen muy buena factura en temas de producción, aunque poca profundidad, pero existe tambien material de calidad, y a pesar de que los temas y las propuestas narrativas cambien con el tiempo, no dejan de ofrecer temas para la discusión y la reflexión sobre los problemas que aquejan a la sociedad actual. Tal es el caso de la muy breve Adolescencia.
El mencionado drama escoge a un niño de 13 años para retratar el fenómeno del feminicidio y cabe destacar que no es una edad que en la realidad aparezca como muy común, pues aunque los casos aumentan y se extienden a todas las capas sociales y generaciones, en la mayoría de ellos los perpetradores suelen ser adultos y, entre otras características, con algún tipo de relación previa con la víctima (generalmente son sus exparejas). Lo que sí queda en evidencia es que el odio a las mujeres no es algo que surja de manera espontánea ni tardíamente en los hombres como producto de malas experiencias, rechazos o engaños: empieza a instilarse muy temprano desde los medios de comunicación, se alimenta -en estos tiempos de redes- de las últimas tendencias con sus propios códigos, como los emoticones; se refuerza en las instituciones y como no -aunque en este caso no parece haber nada anormal ni problemático en el hogar del protagonista relacionado con el machismo-, se escabulle en el entorno familiar.
Ya en los juegos infantiles la misoginia asoma en comentarios descalificativos como: ‘no podemos tener mujeres en el equipo', en chistes (recuerdo uno de un supuesto humorista cuyo nombre olvidé: ‘¿que hace una mujer después del sexo? Estorbo'), en burlas (el famoso ‘llora como niña'), entre millones de otros. En estos estereotipos ellas no solo son distintas, son mentalmente inferiores, lentas, con inteligencia solo para dañar, caprichosas, egoístas, problemáticas, crueles y podríamos agregar un montón de epítetos más.
Lo que ocurre en las tensas escenas de la serie -que no son explícitas en lo que respecta a los hechos de violencia, dejando gran parte de la tarea de reconstruirlos a nuestra imaginación-, es una muestra de que los temores más profundos de los hombres, esos que el patriarcado ha sembrado y alimentado por siglos, se despiertan ante el más mínimo rechazo de ellas, de las que históricamente se esperó sumisión y complacencia; así, un niño que fantasea con aproximarse a su objeto de deseo en un entorno hipersexualizado y presume de haber tenido experiencias con varias para obtener reconocimiento de sus iguales, es sensible a la presión de una vida que termina expuesta en los perfiles -incluida la vergüenza por el rechazo o las burlas-; haciendo además alarde de una mínima tolerancia a la frustración, pues tal vez ha interiorizado la idea de que el masculino está en el mundo para ser "respetado"; es allí donde aparece el odio que lo convierte en un virtual asesino: uno que se dirige hacia ellas y sus cuerpos, que es signo de un deseo insatisfecho, de "eso" a lo que no se puede acceder y trae consigo la marca del fracaso de una ideología que los erigió en los aparentes dueños de todo, incluyéndolas a ellas.
Pero además, es el síntoma de una crianza que se enfocó en suplir las necesidades materiales y fue negligente a la vez que complaciente; que evitó afrontar y confrontar; se convierte el feminicidio en el paradigma de unos tiempos que para muchos han ido demasiado lejos en los derechos, especialmente de quienes se cuentan dentro de la categoría de femenino.
¿Se trata esta ola de violencias de un mensaje aleccionador que busca volverlas a silenciar y a someter?

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