El documental colombiano Ana Rosa (2023) reconstruye el caso de una mujer que fue sometida a una lobotomía desde la perspectiva de su nieta, Catalina Villar, la también guionista y directora de la película, quien se centra en buscar las causas de una decisión que se intuye no fue autónoma en la historia clínica de su pariente y en los testimonios de familiares, conocidos y profesionales de la medicina.
La de Ana Rosa es tal vez la historia de muchas que se salieron del molde establecido y se adelantaron a su época (en este caso inicios hasta mediados del siglo XX): tocaba el piano con talento, tenía conversaciones vibrantes, cocinaba, pero padecía de fuertes migrañas que la incapacitaban; tal vez ese inconveniente en su salud y por qué no, su personalidad vibrante, su carácter autónomo, el hecho de que se escapara de su entorno rígido y se fuera a E.E.U.U. a trabajar en bares para sostener a su hijo menor, precipitaron lo que sería su desgracia, una intervención que, antes de ser rechazada por la ciencia por sus terribles efectos, le costó la vida (porque aunque no las mató las convirtió en zombis dóciles, sin voluntad alguna) a miles de mujeres alrededor del mundo, pues se dice que un porcentaje mayor al 80% de todos los casos de lobotomías prefrontales, fue practicado en pacientes de sexo femenino con diagnósticos variados: esquizofrenia catatónica, depresión, trastornos de ansiedad, entre otros.
El nombre y la foto de Ana Rosa desaparecieron así del álbum y de las anécdotas familiares; solo su esposo, un respetado farmacéutico de quien se presume la medicó con morfina convirtiéndola en adicta, es objeto de veneración y ejemplo para la prestigiosa descendencia, que por cierto incluye a un hijo y un nieto psiquiatras, siendo el primero (el tío más admirado por Villar) parte del equipo de profesionales que evaluaba la pertinencia de dicho tratamiento para aquellas que fueron sometidas a él (se ignora si eso incluyó a su propia madre), la mayoría pacientes del Asilo de mujeres (de locas) en Bogotá.
Es estremecedora la respuesta de uno de los entrevistados, un profesional que trabajó en el pabellón de pacientes crónicas en el hospital mental, al preguntársele por qué este ensañamiento contra el sexo femenino: "las mujeres enloquecidas eran mucho más temibles y vistas con mucho más horror, y (hasta) sagrado... porque se supone que las mujeres son mucho más valiosas que los hombres en términos de la reproducción y el mantenimiento de la familia; y una mujer loca era una generalmente una mujer que dejaba unos niños desamparados..."
Recordemos este párrafo de Franca Basaglia en su libro Mujer, locura y sociedad: "Si la mujer es naturaleza, su historia es la historia de su cuerpo, pero de un cuerpo del cual ella no es dueña porque solo existe como objeto para otros, o en función de otros, y en torno al cual se centra una vida que es la historia de una expropiación. ¿Y qué tipo de relación puede haber entre una expropiación y la naturaleza? ¿Se trata del cuerpo natural, o del cuerpo históricamente determinado?".
Durante siglos, nuestro propio cuerpo no nos ha pertenecido.

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