El cine con frecuencia nos permite asomarnos al pensamiento de una época, aunque para muchos una película sea solo la visión de un director y por mucho de un guionista (que en no pocas ocasiones son la misma persona), pero siempre es el reflejo de dilemas que están en el aire o en palabras más elaboradas, en el inconsciente individual o colectivo.
En “Una mujer bajo la influencia" (1974), una película del fallecido director John Cassavetes, Mabel (Gena Rowlands) muestra una conducta algo rara, exaltada pero alegre, cariñosa, en permanente tensión. Su esposo, un obrero que trabaja duro junto a su equipo, la ama intensamente, aunque no sabe cómo contenerla, exhibiendo él mismo a un comportamiento explosivo que fluctúa entre lo tosco y lo profundamente amoroso.
La película refleja el desconocimiento, aún mayor en esa época que en la actual, de las enfermedades mentales: no sabemos qué tipo de trastorno padece la protagonista o si el doctor que la trata es especialista o solo un médico general. La ignorancia, la perplejidad, la confusión de los personajes que aparecen en el filme ante una condición de la que todos nos sentimos ajenos y de cierta manera protegidos, es evidente, pero cabe preguntarse: ¿cuánto de la enfermedad de Mabel es sintomático de la presión que existe sobre ella de ser la madre y esposa amorosa sin quiebres ni fallas que pongan en duda sus capacidades para “llevar" el hogar y criar a sus tres hijos?
¿Qué nos dice, además, otra película sobre las mujeres y la locura, el clásico “Un tranvía llamado deseo" (1951) de Elia Kazán? En ella, Blanche Dubois (Vivien Leigh), una mujer que lo ha perdido todo en lo material, pero también su juventud y su dignidad, lucha con estoicismo contra la suspicacia del cuñado (Marlon Brando), mientras en medio de su delirio trata de recomponer los pedazos de vida que le quedan, abandonando sus ilusiones juveniles e intentando aferrarse a la única posibilidad que le queda de un futuro decente al lado de un hombre promedio como Mitch, frente a cuyo abandono se refugia en el desvarío y en la aparente salvación que vendrá de manos de un magnate imaginario. El final, con Blanche conducida dócilmente en medio de su enajenación hacia un destino incierto, es su derrota, pero sin saberlo la salvación para su hermana (y la pequeña criatura de esta), quien, dice, esta vez no va a volver a los brazos de su violento y burdo esposo (otro macho prototípico). ¿La huida de Blanche hacia la locura es la consecuencia de su incapacidad para adaptarse a una sociedad que le reprocha constantemente su mala reputación, su fracaso económico y la pérdida de su juventud y por ende, de su atractivo?
Parece claro que en ambos relatos -en el primero el reclamo proviene de la suegra, quien arremete contra Mabel por perjudicar a su hijo con su comportamiento errático; en el segundo es el cuñado, quien ante el arribo de Blanche teme perder el dominio que ejerce sobre su esposa a partir de la violencia camuflada de pasión- hay un orden que se ve amenazado por una serie de conductas que se salen de la esperada sumisión femenina. Es ahí donde el argumento de la locura se vuelve útil para callar lo que esas mujeres quieren, con toda su fuerza, gritar.


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